El decenio que vivimos peligrosamente

agosto 08, 2017

El ocho de agosto se cumplen diez años de la mayor tormenta económica que ha vivido el mundo desde la gran depresión, la crisis de las hipotecas subprime. Todo comenzó con un desplome de La Bolsa de Wall Street, pero Estados Unidos llevaba tiempo esperando un cataclismo de grandes proporciones. En España, la crisis coincidió con el estallido de nuestra propia burbuja de la construcción, un espantoso periodo de desempleo brutal, desilusión generalizada entre la población y reformas que han dinamitado buena parte del  denominado estado de bienestar.

El neoliberalismo elevado a su máxima potencia condujo a Estados Unidos a la crisis de las hipotecas subprime. Eran unos préstamos que se concedían a ciudadanos sin ninguna posibilidad de cumplir con sus compromisos de pago. Los bancos daban estos créditos con el objetivo de incrementar sus carteras de activos en una carrera vertiginosa por superar a las entidades rivales. A los ejecutivos de los bancos no les importaba dar dinero a quien no iba a pagar, porque del incremento de sus bonus anuales.

Todo fue muy rápido. Llegó un momento en que el sistema comenzó a tambalearse. El Gobierno estadounidense salió en ayuda del banco Bear Sterns. Unos meses después, se hizo cargo de las dos grandes agencias hipotecarias del país,  Freddie Mac y Fannie Mae, poco despues. Bear Stern fue absorbido por el banco de negocios JP Morgan. Finalmente, el 15 de septiembre de 2008, uno de los cuatro grandes bancos de inversión de Estados Unidos, Lehman Brothers, presentó su quiebra.

Recesión mundial

Mientras tanto, el mundo entraba en recesión, como consecuencia de que la crisis de las subprime se contagió al resto del países occidentales, porque los bancos americanos transfirieron sus riesgos de las subprime mediante unos títulos llamados bonos de titulización. Esta figura equivale a convertir los préstamos en títulos y venderlos.

En medio de esta crisis mundial, España entró de lleno en su particular depresión, por el estallido de su propia burbuja inmobiliaria. El dinero se retiró de todos los mercados y España fue considerado un pais de alto riesgo para los préstamos.

Durante la larga fase de bonanza económica, de más de diez años de duración, los bancos empezaron a prestar sin ningún tipo de recato. La tradicional norma de sólo considerar solvente al cliente cuyo préstamo suponga el 35% de su renta disponible se pervirtió de tal manera que se entregaba dinero cuyo pago representaba casi el doble, el 60%. El importe máximo de préstamo hipotecario subió del 80% al 100%. Además, los peritajes buscaban inflar el precio de la vivienda, para que el banco pudiera dar más dinero y poder incrementar los objetivos de las oficinas.

La exuberancia irracional del sector inmobiliario fue secundada por el sistema financiero. Allá donde había una promoción inmobiliaria se abría no sólo la sucursal de una caja o banco, sino la de un competidor enfrente. Una situación insostenible. España contaba con el mayor índice de oficinas bancarias por cada mil habitantes de todo el mundo.

Crisis de las cajas

En medio de toda esta historia, se produjo la decadencia y muerte de las cajas de ahorros, unas entidades financieras cuyos consejos no eran profesionales, sino políticos y que tenían muchas más prerrogativas que los bancos. Lo peor es que no tenían capital social, no tenían accionistas y, por tanto, no podían ampliar capital como sus rivales, los bancos.

En marzo de 2009 se produjo la intervención de la Caja de Castilla La Mancha. A partir de ahí se produjo una carrera frenética de reestructuración del sistema financiero. Desaparecieron casi todas las cajas, fusionadas, intervenidas o reconvertidas en bancos.

Mientras el paro se disparaba en cuatro millones más de personas en muy pocos meses, el dinero desaparecía del sistema ante la muerte de las cajas. El sistema financiero pasó de las 45 a las 15 entidades, se tuvo que solicitar un rescate bancario a la Unión Europea.

Ajuste durísimo

¿Qué pasó desde entonces? Una crisis de deuda obliga a un ajuste en el pantalón de los consumidores.  En los últimos diez años, las familias han reducido su deuda en nada menos que 200.000 millones de euros. Las empresas han tenido un comportamiento similar.

Después de la gran “cantada” de todos los supervisores mundiales (ninguno previó la que se venía encima), estos decidieron cambiar la política de mano abierta por la del puño cerrado, con el que han golpeado a las entidades financieras durante años. En cuanto se producía alguna duda sobre cualquier cuestión, subida de capital en los bancos. El capital no es más que un dinero que se deposita en caja en previsión de que se produzca algún pufo.

De esta forma, los bancos españoles tienen ocioso más del 10% del capital de que disponen. Eso, sin contar con que el dinero ha bajado y su tipo de interés es ahora negativo. Y no sólo eso, a imagen y semejanza del Banco Central Estadounidense, pero más de un lustro después, decidió inundar el mercado de dinero (dos billones y medio en Europa) para evitar que la falta de liquidez provocara más quiebras de bancos (en Europa desapareció el holandés Fortis y tuvo que ser rescatado el britáico Royal Bank of Scotland).

Diez años después, Estados Unidos va bien, Europa como puede y España sale de una crisis de casi diez años, con ciudadanos empobrecidos, jóvenes con empleos basura que no cotizan a  Seguridad Social y dos millones de trabajadores mayores de 45 años expulsados del mercado laboral. Un talento incomprensiblemente desaprovechado hasta por las empresas de trabajo temporal, que cuando reciben un curriculum de alguien mayor de esa edad, no tienen ningún remordimiento en depositarlo cuidadosamente en el cubo de la basura.

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